Os presento a Deborah

Por Peter Viertel.  (Nickelodeón, Marzo 1996)

De todas las buenas cualidades, la más misteriosa, la más admirable y la más sorprendente, sin duda, es el talento. La belleza, la inteligencia, el valor, la adaptabilidad y el optimismo se los atribuimos El los genes e incluso al entorno humano. Pero el talento nos resulta inexplicable. Un niño tiene sentido musical pero sus padres son incapaces de entonar una canción.

Un niño puede hacer mímica, dibujar o cantar. Sus hermanos y hermanas destacan en otras cosas, pero carecen de cualquier don especial. Por eso tendemos a admirar más al que tiene duende* que al resto. No es precisamente que le queramos y mimemos, sino que le admiramos.

Sé muy bien de lo que hablo. Deborah, mi mujer desde hace tres décadas y media, tiene un indiscutible talento; una habilidad innata para interpretar, en el escenario y en la pantalla, a un ser humano que es completamente opuesto a ella misma, y hacer que su interpretación del personaje al que ha elegido dar vida sea tan profundamente creíble que al verla nos olvidemos de que es una actriz que actúa. Y, lo que es más sorprendente, posee esa cualidad desde adolescente. Es tan convincente y magistral en sus primeros trabajos como en los que hizo más tarde en su carrera. Porque Deborah no es del tipo de actriz que mejora con los años y aprende su oficio a medida que lo ejerce. Si la vemos en una de sus primeras películas, El Coronel Blimp (The Life and Death of Colonel Blimp), por ejemplo, uno se da cuenta de inmediato de que es tan hábil en su profesión en su primera juventud como lo has sido más tarde en su vida. Un récord singular sólo igualado por Chaplin y Orson Welles, aunque ninguno de estos dos actores de enorme talento fue tan versátil en sus interpretaciones de personajes tan radicalmente diferentes.

Ésta es otra faceta sorprendente del trabajo de Deborah. No me viene a la memoria ninguna otra actriz que haya interpretado tal variedad de personajes y los haya interpretado tan convincentemente como el tímido patito feo de Mesas Separadas (Separate Tables), y la ultrajada y seductora mujer del capitán de De aquí a la eternidad (From Here to Eternity), la compañera del pastor de ovejas de Tres vidas errantes (The Sundowners), la monja de Sólo Dios lo sabe (Heaven Knows, Mr. Allison), el ama de casa viuda de The Assam Garden, por citar solo algunos.

Hay una cualidad sobresaliente que se evidencia en todo su trabajo, una humanidad esencial, una grandeza de espíritu que se repite en todas sus interpretaciones, y la cámara no miente: su nobleza innata (si me perdonan lo que parece un halago desvergonzado), que la ha premiado con una multitud de fans muy fieles que le siguen mandando cientos de cartas al mes, incluso ahora, tras su retirada voluntaria desde hace años. Un seguimiento de culto es el territorio de los definitivamente muertos pero hay estrellas (si me permiten este término vulgar) que estando vivas mantienen un grupo fiel de admiradores. Deborah es de éstas.

Lo más extraordinario de mi esposa es que en su vida privada es extremadamente tímida y retraída. Recuerdo que, hace ya muchos veranos, Garbo vino a comer a nuestra casa cíe Klosters, en Suiza. El otoño y cl invierno anterior, Deborah había interpretado en Broadway Seascape, de Edward Albee, obra ganadora del Premio Pulitzer, y recordando la experiencia aquel día en Suiza, Greta le lizo una pregunta que llevaba hacía tiempo en su cabeza: “¿Cómo lo logras”? preguntó. “¿Cómo subes al escenario y actúas día tras día frente a todos esos extraños?”. “No soy yo quien está allí”. Contestó Deborah “Me olvido de mí, me convierto en la persona que estoy interpretando” dij0.

Garbo movió la cabeza sorprendida. “Yo no podría hacer lo ni en un millón de años”, dijo. Deborah podría haber añadido que era una profesional, pero se abstuvo de hacer lo due hubiera parecido un comentario presuntuoso y levemente crítico de la gran actriz sueca, quien en la etapa final de su carrera no podía soportar ni que el equipo viese su interpretación y tenía el plató donde rodaba rodeado por biombos negros que protegían su intimidad.

Cuando trabajaba en el teatro, Deborah precisaba del público como un ingrediente necesario. Tenía que influenciarle, sojuzgarle y controlarle. Era un componente básico de su profesionalidad Durante las representaciones de las once obras que Deborah hizo en Londres y Nueva York, ni un solo día dejó    , de actuar, un récord que pacas actrices han igualado. Admite que disfrutaba tanto actuando en vivo frente al público que, hese a que el esfuerzo de ocho representaciones semanales pasó un precia a su físico, no demasiado fuerte, acabó par decidirla a retirarse, a renunciar a la profesión que había elegido.

Tiene motivos para sentirse orgullosa de lo conseguido. Muchas noches, en nuestra pequeña casa de Marbella, sin una sola palabra de explicación, pide a su secretaria y amiga que inserte una cinta de sus películas en el vídeo. Luego, sin comentario, se ve a si misma en cualquier película que quería volver a ver. Entonces estoy seguro de que experirnenta un sentimiento de satisfacción, sencilla satisfacción que no implica nostalgia por el pasado. Admite que file muy afortunada durante los muchos años que trabajó. Salvo una o dos excepciones, las películas en las que actuó resultaron buenas, y se suma a algunos de sus compañeros que dicen que aunque no les hubiesen pagado bien habrían estado encantados con su trabajo.

Marzo de 1996

*En español en el original

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