Mis Inmortales de Cine

Deborah Kerr
Por Terenci Moix (1990s)

En una época en que parecía haber perdido la raza de las señoronas, llegó Deborah Kerr para recordar que en Inglaterra todavía se creaban algunas. Fue un cruce entre Irene Dunne y Greer Garson, pero sería injusto encasillarla en el mismo apartado que en cualquier otro. Si como gran dama no la igualó nadie, como actriz llegó a la altura de las mejores, y cuando se hizo con un buen papel -como el de solterona dominada por su madre en Mesas separadas- demostró que podía alcanzar las más altas cimas de la emotividad. También nos deleitaba con un exquisito tacto para la comedia, y en una ocasión concreta, -en De aquí a la eternidad- sorprendió al mundo convirtiéndose en heroína pasional. Fue, en resumen, una de las últimas estrellas que se permitieron el lujo de saber actuar. Pero antes de demostrarlo tuvo que tolerar que Hollywood la malgastase miserablemente.

Cuando Hollywood se la arrebató a Inglaterra, tenía ya una prestigiosa carrera a sus espaldas. Había nacido en Helensburgh (Escocia), en 1921, y debutado en el cine en 1940, con el filme Contraband, si bien en un papel que el director Michael Powell viose obligado a cortar en el montaje definitivo. Pero aquella colaboración inicialmente malograda daría sus frutos años después, ya que a las órdenes de Powell rodaría Deborah dos de sus mayores éxitos ingleses: Coronel Blimp (1943) y muy especialmente Narciso negro (1947), insólito melodrama sobre un grupo de religiosas enfrentadas a los misterios del Himalaya y a sus propias pasiones. Sorprendente hoy por la audaz utilización del color y la sabiduría en la descripción de una atmósfera mágica, este filme abrió a Deborah las puertas de Hollywood en aquella primera importación de figuras inglesas que comprendía, además, a Stewart Granger, James Mason, Jean Simmons y un juvenil Michael Rennie.

Su primera película americana sorprendió gratamente a la crítica. Se trataba de The Hucksters cuyo protagonista masculino era el mítico Clark Gable. Factor este que la publicidad procuró enfatizar con las frases «la historia ideal para Gable. El papel ideal para Gable. La chica ideal para Gable». Y, junto a este último reclamo, la foto de la recién llegada Deborah en un papel adecuadamente señorial y un tanto victoriano. Seguidamente volvió a estar soberbia junto a otro actor de gran prestigio. Spencer Tracy. El filme fue Edward, my son, y ayudada por la sabia batuta de Cukor, el director de las mujeres, Deborah obtuvo su primera nominación para el Oscar… si bien aquel año lo ganó Olivia de Havilland por La heredera.

Deborah no escondía en aquellos tiempos sus manierismos ingleses, antes bien formaban parte de su potencial, y así no es de extrañar que la Metro la viese como la perfecta lady, orgullosa y adinerada, que se empeña en buscar a su marido en lo más intricado de las selvas africanas, frente a la oposición y la hostilidad del no menos orgulloso explorador Allain Quatermain. Este último era Stewart Granger y el filme, famoso entre los famosos, fue Las minas del rey Salomón. Si a este papel se suma el de Ligia en Quo Vadis? se comprenderá que la pelirroja actriz se convirtiese fácilmente en uno de los recuerdos más gratos de toda una generación (la mía).

En aquella espectacular versión de la novela de Sienckiewicz, su Marco Vinicio fue Robert Taylor, los decorados costaron millones y las taquillas recaudaron muchos más.

Mas tarde, la adorada Ana y el Rey de Siam y que, al convertirse en musical, estrenó en los teatros la legendaria Gertrude Lawrence. Tan honorables antecedentes no impidieron que miss Kerr hiciese una creación propia y a pesar de la notable mediocridad del filme y/o a causa de ello- se convirtió en uno de los mayores éxitos de la década (por lo menos en USA e Inglaterra. A Europa llegó mutilado en varias canciones. En las cuales, dicho sea de paso, estaba ella doblada). Su papel le valió una tercera nominación para el Oscar. Lástima que aquel año se lo llevara la estupenda Ingrid Bergman por Anastasia.

Fue una monja que naufraga en una isla junto a un aviador descreído, el formidable Robert Mitchum (Sólo Dios lo sabe 1957), y el encuentro de ambos bajo la dirección de John Huston resultó antológico, y le valió una nueva nominación… y otra vez sin resultado, ya que el Oscar se lo llevó Joanne Woodward. De todos modos, los críticos de Nueva York la recompensaron con su premio, más exigente que el Oscar, y Sólo Dios lo sabe pasó a convertirse en el filme preferido de la actriz.

Se apuntó un nuevo éxito personal y obtuvo el premio de la revista Photoplay a la actriz más popular, con otro antiguo papel de Irene Dunne en Tu y yo (esta vez con un apropiadísimo Cary Grant, sustituyendo a Charles Boyer). Como era de esperar la pareja dio una interpretación elegantísima y el melodrama constituyó un nuevo triunfo, si bien miss Kerr naufragó junto al resto del equipo en la tediosa versión de la novelita Bonjour tristese, también suavizada de las supuestas osadías de mademoiselle Sagan.

Para quitarse la espina hincó los dientes en el papel de solterona prematuramente envejecida en la ya citada versión de la obra de Terence Rattigan Mesas separadas (1958), buen teatro filmado y una nueva y merecidísima nominación para el Oscar. La pena fue que se lo llevara Susan Hayward por Quiero vivir.
La Metro reunió a miss Kerr con Yul Brynner -su pareja en El Rey y yo- en Rojo atardecer (1959), amores imposibles tras el telón de acero; y la Fox la convirtió en la periodista Sheilah Graham para la plasmación de sus amores con Scott Fitzgerald en Días sin vida (Beloved Infidel), producción muy rutinaria a pesar de su presencia, y la de Gregory Peck intentando animar las torturas internas del escritor en los últimos años de su vida.

Zinnemann la emparejó con Robert Mitchum en Tres vidas errantes (The sundowners, 1960), hermosa epopeya sobre los colonos australianos y nueva nominación para el Oscar, que aquel año se llevó incomprensiblemente la Liz Taylor de Una mujer marcada. A Deborah la llegó el consuelo con una agradable comedia que le permitía hacer filigranas junto a un extraordinario reparto de viejos amigos: Cary Grant, Robert Mitchum y Jean Simmons. El título era Página en blanco (The grass is greener 1961), el director Stanley Donen y a pesar de un resultado excesivamente teatral es una de mis comedias preferidas, gracias al juego continuo en que se convierte la interpretación. Haciendo de una lady madura que rinde todas sus británicas armas ante la seducción de un americano tranquilo (Mitchum) sin dejar de pensar en su legítimo lord (Grant), la gran dama que era Deborah Kerr demostró todas las posibilidades de la madurez aplicadas al mejor arte de siempre.

Participó después en la que iba a ser la última experiencia cinematográfica de Gary Cooper -un thriller sin demasiado interés. Sombras de sospecha y encontró su mejor papel dramático en mucho tiempo cuando Jack. Clayton la eligió para que fuese la institutriz del conocido tema de Henry James The turn of the screw (El filme se tituló The innocents, pero en España, y de la manera más estúpida, se convirtió en Suspense. Con todo, fue un espléndido ejercicio de atmósfera y una de las más audaces introspecciones del espíritu victoriano).

Volvió a estar excelente como la solterona de La noche de la Iguana (1964), un Tennessee Williams dirigido con mano maestra por Huston y con un reparto excelente (Burton y Ava Gardner, entre otros). Pero éste fue el último título destacable de la carrera de miss Kerr. En 1965 se habló por primera vez de su vida privada. Se había divorciado de su marido Tony Bartley y casado en 1960 con el escritor Peter Viertel. Paralelamente a este acontecimiento interpretó una serie de títulos que no estaban a la altura de los anteriores (comedias vulgares como Divorcio a la americana, y Prudencia, prudencia). Los contratos empezaron a escasear, no por culpa suya, sino por los cambios que estaban sacudiendo a la industria cinematográfica en los años sesenta. Sólo al terminar la década encontró un papel a su altura en lo que, de todos modos, era un filme demasiado pedante de Elia Kazan, El compromiso

En plena crisis de la industria, miss Kerr seguía sin recibir ofertas de trabajo que consiguiesen despertar su interés, y en 1971 decidió regresar al teatro, de donde provenía. Durante la década pasada estrenó en Nueva York un título de Edward Albee -Seascape- y en Londres un clásico seguro y adecuado a su talento: la Cándida de Bernard Shaw. Las últimas noticias que e! público español ha podido tener de esta gran favorita son en cal¡ dad de residente de la Costa de Sol. Pero el recuerdo que despierta es siempre respetuoso digno y amable. Fue y es una excelente actriz que tuvo la virtud de estar siempre en su sitio. Muy pocas señoritas del cine actual podrán decir lo mismo… por mucho que se les distingan con Os car que a ella le fueron negado; injustamente y en varias ocasiones consecutivas.

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