El héroe de guerra que amaba los gatos

Por Carmen Rigalt. El Mundo, 29 de Agosto 2008.

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Escritor y guionista de cine, Viertel llegó a la Costa del Sol con Deborah Kerr. En la vivienda-cortijo que adquirió en los 60, quedan sus últimos gatos. Ayer traté de imaginar qué habría dicho Peter si hubiera estado en la inauguración de su calle. Alguna barbaridad, seguro.

El callejero lleva a historia. Teóricamente sería al revés (la historia lleva al callejero), pero hay que ser erudito para darse cuenta. Ejemplos: Subes Sagasta, bajas Cánovas, tuerces por Menéndez Pidal y paras en Concha Espina. Opción B): coges Francesc Maciá, cruzas Rafael Casanovas, llegas a Joaquim Folguera y doblas por Jacinto Verdaguer. El callejero no nos hace más cultos, pero ayuda a memorizar.

Desde ayer, Peter Viertel es también una calle de Marbella. Lo que no saben muchos marbelleros es que, antes de ser calle, Peter ya era un tipo importante. Escritor y guionista de cine, llegó a la Costa del Sol con Deborah Kerr, que fue su esposa hasta el final, cuando ambos estaban ya separados por países y callejeros. Murieron con 20 días de diferencia, él en Marbella, y ella en Inglaterra: Estando en el hospital, Peter recibió la noticia de la concesión de la calle. Pidió que fuera para Deborah y alguien sugirió entonces duplicar el homenaje, como así ha sido finalmente dos calles paralelas en Torre Real, cerca del lugar donde la pareja fijó su residencia.

Deborah enfermó de parkinson y estuvo largos años hospitalizada en Inglaterra y Suiza, pero Peter Viertel permaneció vinculado a la ciudad hasta el final. Casi un año después de morir, el escritor no ha abandonado del todo Marbella. En la vivienda-cortijo que adquirió a  finales de los 60, quedan sus últimos gatos. «El señor Peter me pidió que cuidara de ellos y todos los días voy a darles de comer», dice Magdalena, la asistenta que estuvo al cuidado de la casa. Arturo Reque, albacea de Viertel, recuerda a Deborah Kerr- rodeada de gatos y haciendo punto de cruz. Se empeñó en hablar español y tenía junto al teléfono un bloc en el que apuntaba palabras y expresiones. Un día le dijeron que su marido era un «culillo de mal asiento» y se volvió loca para descifrar el significado.

A los importantes les dedican calles y a los famosos, estrellas. Para cubrir esa necesidad, Marbella creó el boulevard de la fama y periódicamente regala estrellas a los famosos que se relacionan con la Costa. Julio Iglesias, Carmen Sevilla y Arturo Fernández forman parte de la constelación de la fama marbellí. Este año se ha incorporado la duquesa de Alba, famosa con brillo propio. El Ayuntamiento manda a los famosos al boulevard y se reserva a los importantes para el PGOU (o sea, el callejero). Es el caso de Peter Viertel, que se lo ganó a pulso.

El pasado septiembre, Viertel estaba en Marbella jugando a tenis (era deportista vocacional e iba por la vida buscando sparrings para pelotear), escribiendo libros y desgranando recuerdos. El surf ya no figuraba en sus actividades diarias (fue maestro surfero y se pasó media vida subido en una tabla, pero los últimos años los dedicó al golf y el tenis). Había estado en todas partes y conocía a todo el mundo. Sabía más de toros que los toreros y se interesaba por la Historia y las costumbres españolas. Colega y amigo de Hemingway, fue el último hombre de la generación perdida. Héroe de guerra, los marines le rindieron honores después de muerto. Si el alma existe, el alma de Peter se desgajó del cuerpo a los sones de un trompeta.

Cené con Peter Viertel y la condesa de Romanones pocos días antes de que a él lo ingre saran en el hospital. Verlos juntos era un espectáculo. Aline y Peter competían por ver quién tenía más memoria y contaba más batallitas. Parecían dos estrellas de la CIA. Ella hablaba de su pasado como espía y él reía por los ojos. Ayer traté de imaginar qué habría dicho Peter si hubiera estado en la inauguración de su calle. Alguna barbaridad, seguro. Fue poca gente al acto. La desventaja de ser longevo es que, cuando te mueres  ya no quedan amigos para ir al entierro. Allí estaban los incondicionales: Aline, a quien Raúl del Pozo llama la última Lolita; el conde Rudi, testigo silencioso de la incombustible Marbella; Arturo el albacea y Magdalena, la asistenta. Los gatos se quedaron en casa.

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