De bien nacidos, pelín tarde, es ser agradecidos

Marbella – Diario Sur

Deborah Kerr y Peter Viertel , personalidades célebres del cine, siempre fieles a Marbella, ya cuentan con una calle cerca de su casa en Río Real

Qué se la va a hacer, llega tarde. Suele ocurrir. Una muesca más en el olvido vergonzante de los pueblos que obviaron a la gente más notoria que los honró durante décadas con su presencia y su palabra para ensalzar nombrecillos sin oficio ni beneficio.

Deborah Kerr y Peter Viertel, su marido, ya tienen una calle que recuerde su cariño y su devoción por Marbella. Ambos eran de esas figuras de fuste que pasaban desapercibidas. Justo lo que deseaban. Disfrutaban de una Marbella de rumores de brisa marina, de paz, de verde y silencio. A Deborah la tildaron, quizá porque daba así en la pantalla, como una beldad fría, en la cima tras aquel revolcón que Zinneman inmortalizó con Burt Lancaster de pareja en ‘De aquí a la eternidad’. De mayor conservaba unos ojos azules que restallaban entre párpados cárdenos, ya con una mente ajada. Cuando comienza del desarrollo de Los Monteros, de la mano de Ignacio Coca, les ofrecieron una casa a pié de golf en Río Real. Habitaban una casita, con su parra, de teja y cal, modesta en sus proporciones, nada ostentosa. Nunca abjuraron de una ciudad a la que amaban profundamente. La última entrevista que aceptó Deborah fue, hace años, cuando el blanco y negro, a este periódico. Ya estaba fatalmente tocada por el parkinson que se la llevó y le costaba responder, toda una diva, a las preguntas jugosas. Las que merecía una leyenda. Adoraba a los gatos que protéicos maullaban y rondaban la escena.

Cuando la enfermedad se cebó inmisericorde, Deborah dejó Marbella pero Peter se mantuvo fiel a sus rutinas y querencias. Era fácil verlo con sus zapatillas de deporte y su capacho camino del mercado, llegarse a revelar sus fotos donde Pepe y Eduardo Sánchez, o de charla con la gente. Deborah fue una estrella del celuloide (aún era tangible y no un soplo digital) que eclipsó a Viertel. Socarrón, ágil de neuronas, Peter transitaba una ciudad en la que la mayor parte de la gente ni le conocía. Fue testigo de excepción del Hollywood dorado. Rodeado de sus felinos, con una tabla de surf siempre a mano que utilizaba sexagenario, pasaba de fardar. Amigo de Ernest Hemingway, (al que llamaba ‘Papá’) John Huston, Zanuck, Luis Miguel Dominguín, Orson Welles, Humphrey Bogart, Alfred Hitchcok, Spencer Tracy, Clint Eastwood y Ava Gadner -el único hombre en sus tiempos gloriosos que durmió en la misma cama sin hacerle arrumacos-, era todo un caballero. Le venía de familia: su madre fue íntima de Greta Garbo y merendaba entre conversaciones con Bertold Bretch. Guionista de ‘El Viejo y el Mar’, ‘La Reina de África’ o ‘Cazador blanco, Corazón negro’, apenas le prestábamos atención. Salvo sus amigos, como Féliz Bayón, que dolorosamente se le adelantó en el tránsito final cuando iba a presentarlo en la inauguración del Ateneo. Peter también nos dejó en la estacada, sin saberlo, antes de que se le entregara un capote torero, de los de veras, con su nombre troquelado. Su memoria, como la de Deborah, se perpetúa ahora con esa calle en comandita.

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